Sócrates (470-399 a.C.)

Index

1. Sabiduría de los estóicos
2. Séneca como maestro para la vida
3. Esclavo o maestro de las cosas
4. Maestro de una vida serena
5. Vivir muy feliz
6. Seneca y Marco Aurelio
7. Aprender a vivir
8. Cómo convertirse en un maestro de vida
9. La filosofía como el arte de vivir
10. Escuela de la vida
11. Más fuerte que el destino
12. Más valor hacia si mismo
13. Las acciones son decisivas
14. Fortaleza del carácter
15. Necesidades de la vida
16. Que el espíritu sea el líder
17. Enfermedad y autocontrol
18. Intrepidez
19. Vencer la cólera
20. Autoeducación
21. Obsesión de posesiones
22. Aguantar pérdidas
23. Riqueza desde el interior
24. Alegría como fuente de energía
25. Utiliza el presente
26. Asegurarse la felicidad
27. Evite la muchedumbre
28. Amistad
29. La nobleza del alma
30. La disposición determina
31. Convicción y dirección de vida
32. Comportamiento y situaciones
33. Autodirección correcta
34. Resistencias despiertan fuerzas
35. Voluntad, fuerza para el cambio
36. Conocimiento de sí mismo
37. Autoconfianza y confianza en la vida
38. Virtud como aptitud de la vida
39. Serenidad
40. Auto-perfección
41. Etapas de la perfección
42. Valoración correcta de la vida
43. Sabiduría de la vida
44. Sabiduría del camino
45. La Regla de Oro 1
46. La Regla de Oro 2
47. Tranquilidad de ánimo
48. Perspectiva correcta
49. Comportamiento correcto
50. Auto-seguridad correcta
51. Metas de la vida
52. Poder del pensamiento
53. Todo está en el interior
54. El espíritu interno
55. La fuerza interna
56. Aislamiento
57. Auto recogimiento
58. Amamantar el alma
59. Esencialización de la vida
60. Brevedad de la vida
61. El tiempo como ayudante de la vida
62. Más conciencia de la eternidad
63. De la muerte y las pérdidas
64. Superar la muerte
65. La infinidad
66. En el camino a la perfección
67. La vida es eterna
68. Todo es uno
69. Dios en nosotros

Los Sabios

Aristóteles
Crisipo de Solos
Demetrio de Falero
Demócrito de Abdera
Marco Aurelio
Menandro
Nikon "la Metanoite"
Publio Ovidio Nasón
Plotino
Plutarco de Queronea
Ernst Daniel Schleiermacher
Lucio Anneo Séneca
Sócrates

Su vida

Sócrates nació en Atenas el año 470 a.C. y tuvo por padres al escultor Sofronisco y a la partera Fenareta. Durante algún tiempo ejerció el oficio de su padre, y del de su madre decía que también él tenía que sacar a luz las ideas de que estaban preñados sus oyentes. Sócrates se casó con Jantipa. Si bien la convivencia matrimonial no fue grata, como cuenta Jenofonte, no por eso ha de presentarse, parcialmente, a Jantipa como mujer pendenciera, como hizo la leyenda tardía. Sócrates habitaba con su mujer y sus tres hijos en el arrabal de Alopeke. No tuvo una formación teórica completa, pero procuro adquirir conocimientos dondequiera se le ofrecía oportunidad. Los estímulos más fuertes le vinieron de los sofistas. Pero precisamente en polémica con ellos vio claro que su frívolo estilo venía a destruir toda ciencia seria y toda autentica moral. Impulsado por verdadera pasión pedagógica, se dedicó consiguientemente a abandonar oficio y familia y consagrarse enteramente a la educación de conciudadanos.

Sócrates ejerció un peculiar hechizo sobre la flor de la juventud ateniense, que el buscaba en los gimnasios palestras durante los ejercicios deportivos. Despertada por los sofistas, esta juventud se percató muy pronto de que Sócrates era un maestro de dialéctica y un hombre de señera fuerza espiritual. Pero todavía admiraba más la seriedad moral que, en contraste con los ligeros sofistas, penetraba aquel ateniense. Además, con una soberanía francamente grandiosa sobre los bienes terrenos, Sócrates mostraba a aquellos ricos jóvenes lo poco que basta para que un hombre sea íntimamente feliz. En contraste con la insaciable avaricia de los atenienses, solía decir ante los bienes vendidos en el mercado: "¡Cuantas cosas no necesito!" Sócrates poseía además un humor que le hacía popular en las más amplias capas sociales y no le abandono en los más apurados trances de su vida. Tomaba también parte en alegres banquetes y se ufanaba de que, tras una noche de libaciones, podía aun mantenerse en pie. La juventud admiraba particularmente en Sócrates su valor varonil. Este valor lo había demostrado ya en las tres guerras del Peloponeso, en la batalla de Potidea, Delio, y Anfípolis. En la primera salvo, por su valor personal, la persona y las armas de Alcibíades. EI mismo valor mostro también en la vida civil. En el proceso de las Arginusas se mantuvo firme como una roca frente a las furiosas pasiones del pueblo porque tuvo por injusta la condenación de los generales acusados. No obedeció las ordenes de los 30 tiranos, sino que prefirió ir a la cárcel. De este modo, el "circulo socrático" se mantuvo unido, sin organización alguna, puramente por el hechizo de la personalidad de su fundador. Hasta Critias y Alcibíades entraron transitoriamente en el círculo mágico de Sócrates. Exteriormente feo como un sátiro - con grueso abdomen y nariz chata -, era sin embargo interiormente un carácter tan equilibrado, que Jenofonte lo llama »ejemplar del hombre mejor y más feliz«, y escribe de el: »Como comprendo la sabiduría y nobleza de este hombre, tengo que pensar siempre en él; y, siempre que en el pienso, tengo que alabarlo.« EI oráculo de Delfos lo calificó como »el más sabio de todos los griegos«.

Sin embargo el término de la vida de Sócrates iba a tomar forma trágica. El año 423 a.C., en su comedia Las nubes, Aristófanes lo presentó como un archisofista que tuerce la verdad, se burla de los dioses e incita a los jóvenes a desobedecer a los padres.

Sócrates, que se había visto a si mismo con el mejor humor en la comedia, no sospechó hasta qué punto había cambiado respecto de él el ambiente popular. A esto se añadió que Critias, el más violento y más aborrecido de los 30 tiranos, había sido su discípulo. En esta atmósfera, sus tres enemigos personales: Anito, tratante en cueros, el poeta Meleto y el orador Licón, sobre los que Sócrates había hablado despectivamente varias veces, presentaron la siguiente acusación: »Sócrates corrompe a la juventud, no cree en los dioses de la ciudad e introduce nuevas divinidades.« Los tres puntos tenían, desde luego, alguna justificación; pero, en esa forma, demuestran un desconocimiento de las verdaderas intenciones del acusado. Sócrates no quiso, como era uso y costumbre, invocar la compasión de los jueces, apelar a su edad ni alegar sus servicios a la patria. En el discurso de defensa demostró tal intrepidez que fue interpretada como arrogancia y fue llamado al orden. Entonces dijo: »Quiero obedecer a Dios antes que a vosotros. Mientras respire no dejare de exhortaros y corregiros, con el primero que me tope, diciéndole mis palabras acostumbradas: (No te avergüenzas de andar preocupado por acumular la mayor cantidad posible de dinero, y no cuidas ni te preocupas para nada de la inteligencia y la verdad y de que tu alma sea la mejor posible? Si me matáis, no hallareis fácilmente otro que este pegado por orden de Dios a la ciudad como a un caballo grande y noble, pero que, por su misma grandeza, se torna perezoso y necesita ser despertado por algún tábano.« Sócrates fue primeramente condenado por el tribunal popular con 60 (de 500) votos de mayoría. Según la ley, el podía hacer una contrapropuesta, y propuso, en efecto, que, por sus méritos, se lo mantuviera de por vida a costa de la ciudad. Por esta nueva provocación, fue ahora condenado a muerte por 80 votos de mayoría. Mas, como la nave que anualmente iba a Delfos en cumplimiento de un voto acababa de zarpar, se dilató la ejecución, según costumbre, hasta su retorno. En estos treinta días sus amigos lo visitaron en la cárcel y le aconsejaron la fuga; pero el prefirió obedecer a las leyes del Estado. El ultimo día le visitó aun su mujer con el más pequeño de sus hijos. Sócrates se despidió de ella y mandó la llevase a casa uno de sus amigos. Luego conversó aun con estos sobre la inmortalidad del alma y, por fin, serenamente, en el momento fijado, bebió la cicuta (conium maculatum, un veneno disolvente de la sangre). Sus discípulos no pudieron contener las lágrimas, más el les prohibió llorar, pues quería pasar de este mundo al otro en piadoso silencio.