Fanatismo Religioso

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Fanatismo Religioso
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Las religiones las inventó el hombre

La verdad es que las religiones las inventó el hombre (toooodas) no Dios o Dioses, si así hubiera sido, solo existiría una religión, pero creo más bien que los líderes religiosos son las personas que más poder tienen sobre las personas, porque auguran o prometen el cielo o el infierno, es por eso que la gente que tiene poca capacidad de pensar por si mismas, toman al pie de la letra cualquier norma o regla dictada por sus líderes, o por sus libros o sus dogmas.

Hay al redor de 20 mil sectas religiosas en el mundo

Bien o mal intencionadas y están proliferando a través de estrategias de proselitismo extraño, privación de salud, libertad mental, etc. Y por qué hay tantos? Porque es negocio y desafortunadamente hay muchos "clientes", no quisiera decir débiles de pensamiento, sino mal o no informados.

Fanatismos: en el nombre de Dios

El factor religioso se ha ido manifestando de una manera imponente en los últimos años, para bien y para mal. La modernidad -en sus diversas expresiones, como el liberalismo, el racionalismo y el marxismo, etc.- hizo malogrados cálculos con respecto a la religión, con aquellas predicciones sobre su desaparición cuando la razón y su hija predilecta, la ciencia, y su nieta, la tecnología, establecieran las condiciones básicas para el desarrollo feliz de la humanidad. ¿Qué quedó? La frustración y el desencanto posmoderno se están apoderando de la humanidad ante el incumplimiento de las "profecías" de la razón liberal y marxista.

La religión ha ido tomando un lugar preponderante en todas partes, aunque con nuevas características: en muchos casos se trata de una religión "informal", al margen de las grandes tradiciones e instituciones religiosas. Las rígidas instituciones religiosas tradicionales no logran llenar el vacío dejado por el fracaso del mesianismo de la razón y de la ciencia, y han ido apareciendo un sinnúmero de ofertas religiosas para una humanidad angustiada y ávida de sentido y necesitada de certezas. Esta ha sido la ocasión para que muchas instituciones religiosas -entre nosotros, la Iglesia católica- se planteen seriamente la necesidad de una renovación que responda a las nuevas condiciones culturales y espirituales de la posmodernidad.

Es en este contexto donde reaparecen algunas manifestaciones religiosas con una fuerte carga de fanatismo, que orienta la experiencia religiosa de una manera destructiva, pues se trata de verdaderas patologías o enfermedades. El fanatismo es como un virus que, cuando ingresa al universo religioso de una persona o de un grupo, produce una serie de trastornos psicológicos y sociológicos con una fachada religiosa. A la vista están, ahora, los fanatismos islámicos que, con grande profusión están señalando los medios de comunicación a partir de las acciones terroristas realizadas a partir de ingredientes religiosos. Se trata de un fanatismo que ha llegado a niveles tan destructivos que se ha vuelto una preocupación social. Aunque el fanatismo no es exclusivo del campo religioso, pues en ocasiones abundan los fanatismos políticos, lo hay en todas las tradiciones religiosas, ligado a fundamentalismos e integrismos de diversos colores, así que podemos encontrar fanáticos en todas las religiones.

Qué es lo que caracteriza a esta patología religiosa? Voltaire, en su Tratado sobre la tolerancia, lo definió como "una locura religiosa, sombría y cruel; es una enfermedad que se contagia como la viruela". El fanatismo se manifiesta como una exaltación o entrega apasionada y desmedida a una idea o a unas convicciones consideradas como absolutas y que, por lo mismo, hay que imponerlas a los demás por cualquier medio. El fanático es terco y obcecado, intolerante y agresivo, rígido e incapaz de diálogo, con una visión distorsionada de la realidad y una radicalización ideológica muy intensa.

La raíz del fanatismo religioso es la angustia del hombre ante la presencia del Misterio (Dios), que tan bien ha descrito Sören Kierkegaard. La religiosidad auténtica supera esta angustia mediante la fe y la confianza que abre al hombre ante Dios, en total disponibilidad para hacer su voluntad, percibida ésta siempre "con temor y con temblor" mediante una revelación…El hombre auténticamente religioso nunca tiene una seguridad absoluta de "conocer" con exactitud la voluntad de Dios. Todos los grandes hombres de la historia de las religiones han sentido temor e incluso han vacilado ante la abrumadora presencia de Dios… Es el caso de Moisés, Isaías, Jeremías y el mismo Jesús ante el drama de su pasión. Esto quiere decir que el Misterio divino nunca es totalmente comprensible o abarcable por el entendimiento y la voluntad humanos, tan limitados e imperfectos. La actitud fanática, en cambio, intenta superar la angustia rechazando la fe y la confianza y renunciando a una entrega absoluta a Dios. El fanatismo reemplaza a la fe y maneja la inseguridad ante la presencia imponente de Dios con una actitud de dominio y de control usurpando el lugar de Dios. En realidad, los fanáticos talibanes rechazan a Alá aún cuando lo invoquen y usurpan su voluntad, imponiendo tercamente sus propios intereses de poder con una fachada religiosa. Se trata de una perversión del Islam al modo de las perversiones del cristianismo que se han dado en Occidente con las recurrentes luchas e intolerancias religiosas.

La insoportable angustia producida por la usurpación del lugar de Dios, es resuelta por el fanático deslizándose en un proceso de pérdida de la fe auténtica y de fanatización desesperada. Y cede a la tentación de convertirse a sí mismo en fuente de verdad y felicidad incondicional para los demás hombres, haciéndoles creer que obedeciendo sus dictados están obedeciendo la voluntad de Dios. Cuando el fanatismo se exacerba llega a arremeter pasionalmente contra toda oposición y cubre un amplio abanico de posibilidades, degenerando en la violencia psicológica, moral, espiritual e, incluso, física contra aquellos que no se atienen a su voluntad, e incluso contra sí mismo cuando descubre su limitación, imperfección e impotencia, llegando a desencadenar el terrorismo bajo una forma religiosa.

El fanatismo religioso es un fenómeno que, cuando combina con otros factores de carácter económico, político e ideológico, puede tener consecuencias desastrosas. Este puede ser un ingrediente muy presente en algunos de los movimientos terroristas que se han puesto en el centro de la escena mundial, de ahí que sea de mucho interés el identificar y caracterizar la naturaleza de estas patologías religiosas, capaces de las acciones más perversas en el nombre de Dios.

El fin de las utopías y de los modelos de sociedad. El resurgir del hecho religioso a finales del siglo.

En nuestro tiempo, en esta edad posmoderna que dice haber superado la etapa infantil de los relatos, de las ideologías y de las creencias, aparecen con fuerza sentimientos y tradiciones que creíamos enterradas por la historia y por el progreso, siendo éste, probablemente, el último de los grandes relatos de la modernidad.

En primer lugar habría que preguntarse las razones que nos mueven hoy a analizar las relaciones que pueden existir entre religión y fanatismo y el interés creciente por este tema, reflejado a diario en unos medios de comunicación que expresan -y al mismo tiempo actualizan- el repertorio del imaginario colectivo, sus miedos y carencias, sus anhelos y sus preocupaciones, sus figuras y contrafiguras.

Hoy no tiene tanto interés analizar las relaciones entre fanatismo e ideología, o entre fanatismo y poder, a pesar de que podrían tratarse de una manera parecida. Por ejemplo, podríamos analizar las consecuencias de la pugna entre las dos concepciones "modernas" segregadas por la Ilustración. Liberalismo y Socialismo, han dibujado el mapa ideológico, político y bélico en la cartografía de casi todo el siglo XX. Cada uno usaba de su contrario en el dialéctico y analítico proceso de construcción de la identidad "moderna". El anticomunismo visceral de los liberales americanos de mediados de siglo, sólo era comparable al fanatismo anticapitalista que los dirigentes del Kremlim propiciaban entre la población soviética en el mismo período.

Eran los tiempos del debate ideológico, de la militancia política apasionada, incluso fanática, de los distintos modelos de sociedad, del análisis estructural. Pero hoy hemos de situarnos en un contexto que está ya lejos de esa bipolaridad. El desplazamiento de las fronteras estratégicas se ha producido desde la polaridad Este/Oeste a la de Norte/Sur. Las barreras económicas y las crecientes diferencias que establece el modelo triunfante en la Postguerra Fría, dibujan un nuevo paradigma que no contempla la realidad a la luz de unos relatos que pertenecen ya a la historia.

La sociedad posmoderna se nos aparece como fragmentación abocada a una inevitable globalidad urgida por las exigencias de un mercado cada vez más necesario y voraz, y que tiene su cabal expresión en las nuevas tecnologías, sobre todo en las redes de comunicación e información, que atraviesan ya todas las culturas y pueblos. En este proceso, el pensamiento necesita redefinir sus paradigmas, los lenguajes cambian ostensiblemente y con ellos también ciertas actitudes.

Parece ser que ya nadie discute sobre el modelo de sociedad que se ha de construir. La legitimidad no reside ahora en los relatos ni en el consenso sino en la performatividad del sistema, en la capacidad que éste tiene para mejorar su eficiencia. Pero la resistencia de los pueblos a asumir el nuevo modelo aparece vestida con antiguos ropajes. El de la ideología ya no vende y, por tanto, resulta fácilmente superable, su pérdida de legitimidad es demasiado reciente como para ofrecer una resistencia apreciable. El manto de la religión, por el contrario nos remite a la historia; es, por decirlo de alguna manera, más antiguo y menos racional. No está basado en un cuerpo teórico susceptible de ser analizado sólo desde la racionalidad. Implica un compromiso y una actitud consecuente que, en ciertos casos, afectan al ser humano en su relación con el mundo de una manera integral.

En ese contexto asistimos a la revitalización del hecho religioso, en sus más variadas manifestaciones: el misticismo científico producido por la divulgación de las últimas teorías de la Mecánica Cuántica, la proliferación de sectas y agrupaciones esotéricas, la búsqueda de referencias en otras tradiciones de pensamiento -el interés por el budismo, el hinduismo o el Islam- hasta llegar al fenómeno de la conversión religiosa. En ese sentido, hoy resurgen cuestiones que hasta hace poco se consideraban superadas por la modernidad, hechos del pasado pertenecientes a la historia, incompatibles con la idea de progreso. Pero con la pérdida de la legitimidad de ésta misma idea de progreso, reaparecen aquellas realidades que se suponían entraban en contradicción con ella.

No debe resultarnos extraño que en nuestro presente desacralizado las gentes se vuelvan hacia el esoterismo, el ocultismo y las sectas. No hay en la visión del mundo en la que viven, espacio para lo sagrado sino como concepto o abstracción. En un entorno semejante es fácil ser presa de mistificaciones y sincretismos. No es ni mucho menos una paradoja que la más racionalista y desacralizada de las sociedades sea al mismo tiempo la que más favorece la superchería. El hombre de la sociedad laico-industrial sabe, intuye, que tras la apariencia visible de las cosas, detrás de su mente mecanicista, pueden existir otras visiones, otras realidades. Pero al no disponer de Criterio, ni de narración que lo sustente, la consecuencia probable es que desemboque en la magia o en el esoterismo pret a porter que le ofrece el propio mercado.

Junto a estas actitudes, el fenómeno de la vuelta a las religiones y, más en concreto, el de la conversión, se enmarcan en el contexto de la búsqueda generalizada de respuestas trascendentes en el seno de aquellas sociedades que asumieron los principios de la modernidad y que, en su lucha por un progreso basado casi exclusivamente en los aspectos materiales de la existencia, se desacralizaron.

Sin embargo, la aceptación y práctica de la religión implica casi en todos los casos, la asunción de un Criterio y la propuesta de una opción alternativa viable a lo que nos propone el nuevo paradigma. Así, por ejemplo, el Islam implica una actitud crítica ante determinadas realidades contemporáneas: el sistema económico, la actitud ante la naturaleza, la moral científica etc., que no son objeto de una contestación apreciable en el seno del sistema postindustrial.

Centrándonos ya un poco más en el mundo islámico, vemos que el estado de dependencia económica y tecnológica de los países de mayoría musulmana, las secuelas de pobreza y marginación, las lacras sociales que les introdujo el colonialismo, todo ello les está llevando a una reflexión acerca de las formas de vivir y de entender la sociedad. La conciencia de que el Progreso anunciado por occidente -bajo las fórmulas aparentemente antagónicas del Capitalismo y el Socialismo- les llevó sobre todo degradación y pobreza, está provocando un despertar del pensamiento islámico en todos los ámbitos de la existencia, una salida del estupor producido tras una experiencia paradójica. En este caso, existe una referencia reciente, un elemento de capaz de provocar el análisis. Si además esta referencia se constituye en Criterio, fácilmente se puede deducir que habrá valoración y conclusiones.

Tras la crisis de la Modernidad, Europa, y por extensión todo el llamado Primer Mundo, vive hoy la necesidad de replantear un modelo cultural y un ideario que colocan al ser humano de cara al abismo existencial y a la destrucción moral y ecológica. Proliferan los foros de debate y los seminarios de estudio sobre temas que hasta hace poco tiempo nos parecían cerrados, con objeto de redefinir la relación Hombre/Naturaleza, Individuo/Sociedad, Ciencia/Ética etc. Se estudian otras tradiciones y culturas, tratándose de extraer referencias, de provocar algunas conclusiones.

Pero en otro lugar, en el Tercer Mundo, los pueblos de mayoría musulmana, tras una experiencia colonial llena de desastrosas secuelas, expresan el deseo -o la necesidad- de volver a su más culta e inmediata forma de vivir, que es el Islam, para afrontar los tremendos retos que les plantea nuestro tiempo con las necesarias referencias. Concluyen que el Islam es la forma que garantiza la evolución de sus sociedades, el modelo que les asegura su progreso.

Por ello, muchas de las reivindicaciones que se producen en estos países se identifican con la religión. Los excesos que inevitablemente tienen lugar en toda revolución política o social son atribuidos al fanatismo religioso. Pero en muchos casos, lo que se reivindica es el derecho a definir el propio modelo de sociedad, y esto es lo que resulta inaceptable para el sistema general de intereses, que necesita propagar su propio modelo, sobre todo en el ámbito social y en el de la economía.

Fanatismo religioso y violencia

EL primer impacto del fanatismo brutal nos produce incredulidad y parálisis. Ante el desprecio de los terroristas por sus propias vidas y por las ajenas, ante la ira ciega que golpea indiscriminadamente y destruye y destroza sin compasión, nuestra primera reacción es de temor y silencio.

No se trata, en esta perspectiva religiosa en la que escribimos hoy sobre el ataque a Nueva York, de la sorpresa ante la audacia y la increíble organización de los terroristas, ni tampoco ante la ineficacia de los sistemas de defensa de la primera potencia mundial. Se trata del dolor ante la capacidad de crueldad y ante la radical insensibilidad frente al sufrimiento ajeno.

La finalidad de la religión debe ser sacar al hombre de su mezquindad, elevarlo sobre su egoísmo y su avaricia, abrirlo a horizontes nuevos de generosidad y de trascendencia, es decir, abrirlo a Dios y vincularlo con Él.

Pero el fanatismo religioso no es religión, sino su caricatura cruel. No es servir a Dios, sino intentar servirse de Dios. No es cumplir la voluntad de Dios, amándole a Él y a sus hijos, que somos todos; sino intentar que Dios cumpla nuestra voluntad, respaldando nuestras acciones de odio, de venganza o de poder.

Todas las religiones tenemos experiencias de fanatismos aterradores. Los cristianos tampoco nos hemos librado. Ahí están las cruzadas, la inquisición, el antisemitismo, las divisiones entre las Iglesias, las luchas por el poder. El fundamentalismo islámico, exultante por haber destruido las torres gemelas y haber causado más de diez mil muertes de "enemigos" con sólo dos certeros golpes, está, con diez siglos de retraso, en la misma actitud religiosa de aquellos cruzados cristianos que celebraban con una misa solemne de acción de gracias el haber hecho correr, a ríos, la sangre de los musulmanes por las calles de Jerusalén.

Cuál será ahora la respuesta de las grandes potencias, todas ellas de raíces cristianas? Si esta tragedia y este dolor tan injusto sirvieran para esforzarnos todos en construir un orden mundial más justo que el actual, el dolor no habría sido estéril. Pero si la venganza es indiscriminada e injusta, habremos añadido dolor al dolor y habremos echado la simiente de peores catástrofes futuras.

Por unos días, los norteamericanos hacen cola para donar su sangre a los heridos. Durante una semana, en Estados Unidos no se van a proyectar, ni en cines ni por televisión, películas violentas que tengan el terrorismo como tema. ¿Por qué no se prohíben para siempre la violencia, la brutalidad física y sexual en todas las pantallas del mundo y en los videojuegos? Durante unos meses, se controlará más estrictamente a los traficantes de armas: ¿por qué sólo durante unos meses?

El fanatismo religioso no es religión ni es humanidad. Pero tampoco es religiosa ni humana la indiferencia con que los ricos vemos a los pobres morirse de hambre cada día. Y son más de diez mil los que mueren. Esto hay que arreglarlo de una vez, si queremos sobrevivir. Arregarlo a fondo, no con un bombardeo a civiles inocentes.

La experiencia histórica de la iglesia

Nuestra experiencia histórica está siempre determinada por el presente histórico que nosotros vivimos hasta el punto de encuentro entre un espacio de experiencia que nos precede y un horizonte de espera aún mal definido. Lo que caracteriza lo que se llama la crisis de la modernidad es que nuestro espacio de experiencia se estrecha en el momento mismo en que el porvenir deviene más incierto y más indeterminado. El desafío presente de la Iglesia es, a la vez, el de la mundialización y el de un pluralismo religioso aparentemente insuperable. Será necesario levantar acta de la novedad del diálogo interreligioso. Pero al mismo tiempo es muy importante reconocer que existe un indiferentismo religioso que, lejos de ser una indiferencia generalizada, consiste en un indiferentismo comprometido y responsable.

Las más numerosas: catolicismo e islam (1.000 millones cada una), hinduismo y protestantismo (700 millones cada una), budismo (350 millones), ortodoxia (200 millones), anglicanismo (70 millones), judaísmo (12 millones).

Justificación de la gracia a través de la fe

Lutero pensaba que la salvación no depende del esfuerzo o del mérito humano, sino de la gracia otorgada por Dios, que es aceptada por la fe. Las buenas acciones no son despreciadas, pero se consideran más bien fruto de la gracia de Dios que obra en la vida del creyente. La doctrina de la justificación de la gracia a través de la fe se convirtió en un componente esencial de muchas Iglesias protestantes. Lutero y otros reformadores pensaban que el catolicismo había insistido demasiado en la necesidad que tenían los creyentes de hacer méritos, de labrarse un camino hacia la gracia de Dios realizando buenas acciones, ayunando, peregrinando y (como se pensaba generalmente en tiempos de Lutero) comprando indulgencias. A los protestantes les parecía que todo esto hacía innecesario el sacrificio de Cristo y dejaba a los seres humanos, que por definición son todos pecadores, en la duda respecto a su posibilidad de redimirse. Los reformadores enfatizaban la misericordia de Dios, que otorga la gracia inmerecida a los pecadores a través de la actividad salvadora de Jesucristo.)

La importancia de la Biblia

Los protestantes consideran que la Biblia es la única fuente y la norma exclusiva y esencial de sus enseñanzas, y rechazan la postura católica que otorga al papa la autoridad suprema en materias de fe y de moral. Lutero y otros reformadores tradujeron la Biblia para permitir que los laicos pudiesen estudiarla y seguir su propio criterio en cuestiones de doctrina. A pesar de este acuerdo general en cuanto a la primacía de la Biblia, los protestantes discrepan respecto a los estudios bíblicos y a su interpretación. Aquellos que aceptan los resultados de la "más alta crítica" (es decir, el estudio crítico de la Biblia desde el punto de vista histórico que se llevó a cabo durante los siglos XIX y XX) consideran que algunos pasajes bíblicos no son auténticos o lo son en un sentido alegórico o simbólico. Los protestantes conservadores, como los fundamentalistas y gran parte de los evangélicos, sostienen la infalibilidad absoluta de las Escrituras, no sólo en cuestiones de fe, sino también en lo que afecta a la historia, la geografía y la ciencia. Otras diferencias estriban en que algunos protestantes consideran que el criterio individual es el que decide todas las cuestiones relativas a la interpretación de la Biblia, en tanto que otros delegan en las instituciones de sus respectivas Iglesias para guiar a sus miembros en su fe.

El sacerdocio de todos los creyentes

Los líderes de la Reforma reaccionaron contra la institución católica del sacerdocio exaltando el "sacerdocio de todos los creyentes". Incluso sostienen, como Lutero, que la vocación de cualquier cristiano, al contribuir a la sociedad y servir así a su vecino, es tan válida ante Dios como cualquier otra vocación religiosa en un sentido convencional. A pesar de ello, casi todos los movimientos protestantes cuentan con sacerdotes institucionalizados. Mientras que el sacerdote católico se considera un administrador de la gracia de Dios a través de los sacramentos, el ministro protestante se considera un laico que ha sido formado para realizar ciertas funciones dentro de la Iglesia (como predicar y administrar los sacramentos). Como consecuencia de esta creencia en la igualdad esencial de todos los miembros de su comunidad o confesión, el gobierno de las Iglesias protestantes siempre ha tenido una tendencia democrática, aunque con amplios matices. Las principales formas de gobierno en las Iglesias protestantes son la episcopal (los obispos ejercen su autoridad), como en las Iglesias anglicana, episcopal y metodista; la presbiteriana (en la que se elige a los presbíteros o los ancianos, para que representen a las congregaciones en las estructuras decisorias), como en las Iglesias presbiteriana y reformada; y la congregacionalista (en la que la congregación misma es la máxima autoridad), como, entre otras muchas, en las Iglesias congregacionalista y baptista.

Culto

En comparación con la misa católica y la liturgia ortodoxa, el culto protestante es más simple y se centra en el sermón del sacerdote. Los reformadores establecieron que los servicios se celebraran en la lengua vernácula e introdujeron himnos que la congregación debe cantar. Algunos servicios protestantes (como el pentecostal) son casi espontáneos y carecen de estructura predeterminada: se centran en la participación de la comunidad de fieles y en los dones espirituales, como el don de lenguas. Todas las tradiciones protestantes redujeron el número de sacramentos de los siete católicos romanos a dos: el bautismo y la eucaristía.

La rendición del individuo y la amenaza a la diversidad biológica y cultural

Habría que preguntarse si la "fragmentariedad" y "diversidad" de que nos habla el análisis posmoderno son sólo una descripción, o si se constituyen en proposición, en un modelo social, psicológico y existencial, en paradigma único que niega, paradójicamente, la posibilidad de una experiencia humana unitaria en el mundo, de un Criterio válido y unificado. Parece ser que el reto consiste, en parte, en vivir una experiencia integrada en el modelo único, perdiendo en dicho proceso las referencias "culturales" tradicionales de Lengua, territorio, raza, tribu, creencias, costumbres etc.

Las contradicciones llegan a constituir una irresoluble paradoja. La implantación a nivel global del Mercado Único, encuentra algunas barreras que implican resistencia o disidencia. Una de esas barreras es sin duda alguna de carácter cultural y existencial, aquella que se levanta cuando la forma de vivir y pensar que se trata de imponer de manera general, para todos, no sólo no concuerdan con otras formas de vida y pensamiento sino que resultan incompatibles, generando en ellas la correspondiente resistencia. Otra la constituye el problema de la destrucción medioambiental y la merma creciente de la biodiversidad, con la consecuente respuesta del medio natural en forma de desastres y problemas.

En el seno de las sociedades democráticas formales, el problema de la diversidad cultural se plantea bajo la forma del derecho a la diferencia o del respeto a las minorías, pero en el terreno de los hechos, no se contempla por el momento el reconocimiento de formas distintas de sociedad, de otras maneras de vivir, incluso aunque se decida democráticamente. Parece como si las libertades sólo tienen cabida y reconocimiento en el seno del modelo socioeconómico imperante.

Poder y medios de comunicación.

El pensamiento único, que se extiende paralelamente a los mercados y se asienta en los nuevos lenguajes informáticos y en las autopistas de la información, es el discurso que sustenta lo que Roger Garaudy identifica sagazmente como Monoteísmo del Mercado. Una de sus características es la sutil eliminación de la diversidad, que ahora es disidencia, no mediante la represión brutal, sino por la mediación de las nuevas herramientas, de las nuevas tecnologías, mediante el control de la información y la consecuente incidencia en la opinión de los ciudadanos, en la opinión pública.

En un contexto así, la atonía, la sumisión al pensamiento único, han de ser la norma. Quien ose defender con demasiada tenacidad alguna idea o alguna postura contraria a los intereses del paradigma, fácilmente aparecerá como estridencia en medio de la homogénea interpretación general, será entonces señalado como fanático. Si, además, los medios de comunicación e información sirven a los intereses del poder -no a los intereses de los distintos partidos o confesiones- resulta fácil para éste abortar cualquier propuesta que atente contra dichos intereses, por diferentes vías: la descalificación, la tendenciosidad o la tergiversación.

Es evidente que ninguna mente sensata defendería el fanatismo como actitud propia del ser humano civilizado. Identificamos el fanatismo con la ceguera intelectual, con la incapacidad de valorar y sopesar los variados aspectos de la realidad. El fanático no escucha, no razona, no produce diálogo. La mayoría de los cristianos no viven como fanáticos. Ni la mayoría de los musulmanes tampoco, ni la de los herederos de las ideologías históricas de occidente.

A pesar de ello, la historia está plagada de las consecuencias del fanatismo en todas sus variantes: religiosa, ideológica, bélica, económica. Momentos, lugares y grupos en los que la pasión y el exceso han hecho mella, enturbiando la transparencia de las ideas, los sentimientos y las creencias. Casi siempre se ha optado por relacionar el fanatismo con estas realidades en lugar de buscar sus raíces allí donde se hunden: en la ignorancia, en la explotación, en la incultura y el desarraigo. En lugar de remediar las causas que lo producen, se ha optado por instrumentalizarlo a favor de determinadas opciones políticas, religiosas o estratégicas.

© Texto de www.rincondelvago.com (por error de página no se pude hacer link)

Links

Washington Talks 1, (Jiddu Krishnamurti) (English, Deutsche UT)
Handeln das immer richtig ist, (Jiddu Krishnamurti) (English und Deutsch)
The Cause Of Conflict In Relationships. (Jiddu Krishnamurti )
Smiles, (English))
Lächeln 1. Teil, Deutsch
Lächeln 2. Teil, Deutsch
Causa del conlficto en las relaciones, (Krishnamurti) (Spanish)
Sonrisas, (Español)
Religion vs. Spirituality, (English)
Religión o Espiritualidad, (Carlos Vílchez) (Español)
Religión Vs. Espiritualidad, (Original) (Español)
20 Reasons to Abandon Chritianity, (Pleyades) (English)